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Arequipa

Entre mesas y figuritas: el Mundial en San Camilo

30/06/2026 | Alejandra Hancco

En San Camilo no hay césped, ni gradas, ni himnos que se escuchen por altavoces. No hay cámaras ni banderas ondeando en tribunas. Sin embargo, los días del Mundial convierten a este mercado en una especie de estadio donde el partido se juega sobre mesas de plástico, carpetas abiertas y manos que se cruzan con la precisión de un pase corto.

El ruido es otro, pero también tiene su propio ritmo. No es el de los goles ni el de las transmisiones radiales. Es el de las páginas que se hojean, de las listas dobladas en bolsillos, de las monedas que cambian de dueño junto con pequeñas piezas de papel brillante que, para muchos, valen más de lo que parecen.

Todo empezó a mediados de mayo, cuando los primeros álbumes aparecieron en quioscos y librerías como un anuncio anticipado del campeonato. Primero llegó una edición que muchos miraron con cautela. Luego apareció la oficial, la que lleva el sello que todos reconocen, y con ella algo cambió en el aire.

No fue inmediato. Al inicio, los sobres se abrían con cierta calma, casi como un ensayo. Pero cuando el Mundial empezó a tomar forma, cuando las selecciones quedaron definidas y la expectativa se volvió más concreta, el fenómeno se aceleró. Los álbumes desaparecían de los estantes con una rapidez desconcertante. Los quioscos recibían paquetes que duraban horas, a veces minutos. La edición oficial de Panini, cuyo álbum iba desde los diez soles en su versión básica hasta cerca de cien en la de colección, empezó a convivir con la alternativa de Tres Reyes, mucho más económica y accesible. Hubo quienes, decididos a completar el álbum cuanto antes, llegaron incluso a pagar cerca de 490 soles por un paquetón de sobres.

Y entonces la búsqueda encontró un lugar.

En San Camilo, ese entusiasmo empezó a tomar forma: más gente, más carpetas, más mesas improvisadas. Como si una orden silenciosa hubiera llevado a todos hasta el mismo lugar.

A primera hora el mercado conserva su lógica habitual. Pero llegada la tarde, especialmente los sábados, la plazoleta se transforma. Padres, hijos, amigos, desconocidos ocupan el espacio con un mismo objetivo. A partir de ahí, cada quien sigue su propio método. Algunos traen listas escritas a mano, con letra apretada y casi obsesiva. Otros confían en la memoria. Hay quienes guardan sus repetidas en sobres reciclados, ordenadas con el cuidado de quien archiva pequeñas piezas de una historia.  

En una esquina, los vendedores han armado su propio sistema. No necesitan vitrinas ni exhibidores: una mesa y una carpeta gruesa les basta. Dentro, las figuritas descansan ordenadas con disciplina casi meticulosa, separadas por series, tipos y rareza.

El cliente se acerca.

—¿Tiene la 14? ¿La 63? ¿La 118?

El vendedor revisa sin apuro. Sus manos recorren las hojas de plástico con una precisión ya aprendida.

—Sí, la tengo.

Las saca con cuidado, como si no fueran papel sino algo más frágil. Las deja sobre la mesa, las cuenta y calcula en silencio; el precio aparece sin necesidad de decirlo.

En ese gesto, el Mundial deja de ser solo un torneo y se convierte en otra cosa: una economía breve donde el valor depende de la urgencia. Las figuritas más codiciadas no son las más vistosas, sino las que casi nunca aparecen.Las de Lionel Messi con Argentina, Cristiano Ronaldo con Portugal o Kylian Mbappé con Francia pasan de mano en mano como pequeñas reliquias; conseguir una de ellas puede costar varias veces más que cualquier otra. Aun así, no todo se compra. Muchas cambian de dueño en un intercambio silencioso, apenas un movimiento de manos antes de que la búsqueda continúe.

Lo que sorprende no es solo la dinámica, sino quiénes participan. Hay escolares con la ansiedad del tiempo corto, universitarios que aprovechan los descansos, padres que completan álbumes ajenos con paciencia silenciosa, adultos que reconocen en todo esto una repetición de otros mundiales.

El álbum, entonces, deja de ser un objeto. Se convierte en una forma de regresar.

Por estos días, la ciudad parece tener otro calendario. En este rincón del Cercado, el Mundial ocurre. Se nota en la forma en que la gente se detiene, en cómo se inclinan sobre una mesa para revisar una lista, en el silencio breve que antecede a cada intercambio. Todo sucede con una naturalidad repetida, casi ritual, como si cada figurita buscada fuera parte de una promesa que aún no termina de cumplirse.

La dinámica, sin embargo, no ha sido del todo continua. El 9 de junio se instalaron vallas alrededor de la plazoleta del mercado ante la creciente afluencia. Pero las vallas no detuvieron nada. Las personas siguieron llegando y el intercambio continuó, aunque en un espacio cada vez más comprimido. El movimiento se hizo más lento, los cruces más cercanos, como si el lugar respirara con dificultad.

El 12 de junio las vallas desaparecieron sin anuncio. El espacio no volvió a una calma previa, porque nunca la hubo, sino a su saturación habitual. Las mesas reaparecieron, las listas se desplegaron otra vez, y todo siguió igual, solo que con menos aire y más cuerpos.

Pero esta historia no empezó con el Mundial de 2026. Mucho antes de que Messi, Cristiano o Mbappé se convirtieran en las figuritas más buscadas, la plazoleta de San Camilo ya reunía a coleccionistas de distintas generaciones. Allí se intercambiaron álbumes de dibujos animados, animales, superhéroes y otras colecciones que marcaron distintas épocas. El Mundial solo cambió los rostros impresos en el papel; la costumbre de reunirse para completar una colección lleva años transmitiéndose de padres a hijos.

El mercado, en esos días, deja de ser solo un espacio de paso. Se convierte en un punto de reunión donde todo gira en torno a lo mismo: qué falta, qué sobra, qué puede conseguirse. El Mundial no se observa desde lejos, se arma ahí, entre mesas improvisadas, carpetas abiertas y sobres que se abren como pequeñas apuestas.

Y en ese armado hay algo que va más allá del fútbol. No se trata solo de completar un álbum, sino de sostener una ilusión repetida, la de abrir un sobre y encontrar justo lo que falta, la de cerrar una página, la de sentir que algo incompleto finalmente encaja.

Mientras en los estadios del mundo se juegan partidos decisivos, aquí el campeonato tiene otra lógica. No hay minuto 90 ni prórroga. Hay espera, búsqueda y encuentro. Hay negociación y azar. Hay, sobre todo, una comunidad que se reconoce en algo tan simple como una imagen pegada en papel.

Y así, entre pasillos llenos de mesas y figuritas, el Mundial continúa. Sin cámaras. Sin himnos. Pero con la misma intensidad de siempre. Porque en San Camilo, como en cualquier estadio del mundo, también se juega a ganar.

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