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Arequipa

Por unas horas, Arequipa fue de colores

02/07/2026 | Alejandra Hancco

Antes de que la música comenzara a sacudir las calles de Arequipa, antes de que los carros alegóricos encendieran sus parlantes y antes de que las banderas arcoíris cubrieran el gris del asfalto, ya había una fila. No era para recibir un recuerdo ni para subir a un escenario. Era una fila de personas esperando un abrazo.


Detrás de un cartel escrito a mano que decía «Abrazos de mamá», varias mujeres abrían los brazos a quien quisiera acercarse. Algunas personas sonreían antes de abrazarlas. Otras permanecían unos segundos más de lo habitual, como si aquel gesto tuviera el peso de una conversación pendiente. También había madres que caminaban tomadas del brazo de sus hijas e hijos, sosteniendo carteles con el mismo mensaje. En una ciudad donde muchas personas de la comunidad LGTBIQ+ todavía encuentran más preguntas que respuestas dentro de sus propios hogares, aquella escena ocurría en silencio, lejos de los discursos, pero decía más que cualquier consigna que se escucharía horas después.


Mientras los abrazos seguían repitiéndose, el reloj avanzaba con más disciplina que la marcha. La convocatoria había reunido a cientos de personas desde la una de la tarde en la plaza Mayta Cápac, en Miraflores. A las cuatro estaba previsto el inicio del recorrido, pero el intenso sol arequipeño seguía golpeando la plaza y los organizadores preferían esperar a que llegaran las últimas delegaciones. Entre la multitud, la explicación corría de boca en boca: «Hay que esperar a que lleguen todos». Nadie parecía impaciente. La espera también formaba parte del encuentro.


Los carros alegóricos permanecían inmóviles, aunque solo en apariencia. Cubiertos de globos multicolores, enormes banderas del orgullo y guirnaldas que se mecían con el viento de la tarde, parecían contener una energía que todavía no encontraba salida. Los parlantes ensayaban fragmentos de música electrónica y pop que se perdían entre conversaciones, risas y el sonido de los abanicos con los colores del pride, convertidos por un momento en la mejor defensa contra el calor. Poco a poco seguían llegando más personas: estudiantes universitarios, colectivos juveniles, activistas, familias completas y también quienes asistían por primera vez, todavía con cierta timidez reflejada en el rostro.


A las 4:45 de la tarde ocurrió algo que nadie anunció, pero todos entendieron. La multitud comenzó a caminar. Bastó que las primeras filas avanzaran para que el resto las siguiera como una sola corriente. Los agentes policiales que resguardaban la movilización ocuparon sus posiciones y la Plaza Mayta Cápac dejó de ser un punto de encuentro para convertirse en el punto de partida de una ciudad distinta.


La marcha tomó la avenida San Martín con la naturalidad de quien recupera un espacio que también le pertenece. Durante unas horas, el asfalto dejó de ser únicamente una vía de tránsito para convertirse en un escenario donde cabían todas las formas posibles de ser. Había personas cubiertas de lentejuelas, plumas, vestidos brillantes y pelucas de colores intensos que parecían desafiar la sobriedad de la Ciudad Blanca. Pero también estaban quienes caminaban con la misma ropa con la que probablemente habían salido de casa: un jean, un polo sencillo y una bandera arcoíris sobre los hombros. Nadie destacaba más que otro. La diversidad no buscaba uniformarse; encontraba precisamente en sus diferencias la manera de avanzar unida.


Entonces la música terminó de despertar la marcha. Los carros alegóricos comenzaron a abrirse paso lentamente entre la multitud mientras los parlantes hacían vibrar el pavimento con canciones pop, ritmos electrónicos y voces que invitaban a cantar. Desde lo alto, activistas y personajes conocidos del entorno local bailaban, saludaban y agitaban banderas que parecían prolongar el movimiento de la gente que caminaba abajo. Los globos de colores rebotaban con cada irregularidad de la pista y las guirnaldas transformaban aquellos vehículos en escenarios rodantes que avanzaban al mismo ritmo que la multitud, nunca delante de ella.


Conforme el recorrido avanzaba, también crecían las voces. Primero eran conversaciones dispersas. Después llegaron los silbatos. Más tarde aparecieron los cánticos colectivos que iban atravesando la marcha como una ola. «¡Aquí está la resistencia!», respondían unos cientos de metros más atrás. Otros repetían «¡Arequipa es diversa!», mientras levantaban carteles escritos con plumones de todos los colores. No eran las únicas frases. «El amor es libre», «Existir no es un delito» o «Ama sin miedo» aparecían sostenidas por manos distintas, pero unidas por una misma necesidad: hacerse visibles en una ciudad donde durante mucho tiempo la diversidad prefirió pasar desapercibida.


A ambos lados de la avenida, la ciudad observaba. Algunas personas levantaban el celular para grabar el paso de la movilización. Otras aplaudían desde las veredas. También había quienes simplemente permanecían inmóviles, siguiendo con la mirada aquella columna de colores que avanzaba ocupando varias cuadras. Por unas horas, Arequipa parecía otra. No porque hubiera dejado de ser la Ciudad Blanca, sino porque sobre el blanco del sillar se abría paso una paleta distinta, hecha de banderas, abanicos, maquillaje, lentejuelas y voces que durante una tarde decidieron dejar de esconderse.


La marcha continuó su recorrido con dirección al centro histórico. Cada cuadra sumaba más personas, más consignas y más curiosos que se detenían a mirar cómo esa corriente multicolor seguía creciendo. El trayecto apenas comenzaba, pero ya había demostrado que el orgullo podía expresarse de muchas maneras: en una canción, en una bandera, en una familia que marchaba unida o en el abrazo silencioso de una madre que, sin pedir explicaciones, abría los brazos para recordarle a un desconocido que siempre existe un lugar donde sentirse aceptado.


La marcha dejó atrás Miraflores y comenzó a internarse en el corazón de la ciudad. El ruido cambió de textura. Ya no eran solo los parlantes de los carros alegóricos o los silbatos; también aparecía el eco que devolvían las fachadas de sillar, como si las calles antiguas estuvieran obligadas a escuchar una conversación que llevaba años esperando ocurrir.


La avenida La Paz se llenó de una marea que avanzaba despacio, pero sin detenerse. Los balcones se convirtieron en graderías improvisadas. Desde algunas ventanas hubo saludos, desde otras curiosidad y desde varias simplemente silencio. Un hombre mayor observaba apoyado en el marco de una puerta mientras una pareja de chicas pasaba tomada de la mano. Más adelante, una niña agitaba una pequeña bandera arcoíris mientras su madre la fotografiaba. La marcha no parecía un bloque uniforme; era una suma de historias que coincidían durante unas horas en la misma dirección.


Entre la multitud seguían apareciendo los carteles. Algunos tenían el tono de una consigna política, otros el de una declaración íntima. “Arequipa es diversa”, repetían varios grupos como si quisieran dejar la frase pegada a las paredes de la ciudad. “El amor es libre”, decía otro cartel sostenido por dos adolescentes que caminaban en silencio. Había mensajes ingeniosos, románticos, desafiantes, pero todos compartían una idea sencilla: existir sin esconderse.


Entonces volvían a aparecer las madres.


Una de ellas llevaba el cartel de “Abrazos de mamá” colgado al cuello y caminaba ofreciendo abrazos a quien se cruzara en el camino. No preguntaba nombres ni historias. Abría los brazos y esperaba. A veces se acercaban jóvenes sonrientes; otras veces personas que, después del abrazo, seguían caminando con los ojos húmedos. En medio del estruendo de la música y los cánticos, aquellos abrazos ocurrían casi en silencio. Y quizá por eso resultaban imposibles de ignorar.


La noche empezó a caer cuando la marcha se acercó al centro histórico. Las luces de los carros alegóricos comenzaron a notarse más y el aire dejó de quemar como al inicio de la tarde. La multitud avanzó por las calles autorizadas mientras los colectivos juveniles guiaban los cánticos de las últimas cuadras. “¡Aquí está la resistencia!”, respondían cientos de voces que se multiplicaban entre las paredes de sillar. El recorrido originalmente había despertado el deseo de llegar hasta la Plaza de Armas, pero la movilización tuvo que ceñirse a la ruta permitida. Lejos de apagarse, la energía pareció concentrarse: las calles más estrechas comprimían la marcha y hacían que el ruido sonara más fuerte.


Cuando la columna llegó a la Plaza San Francisco, el espacio ya parecía pequeño para tanta gente. Los carros alegóricos apagaron los motores, pero no los parlantes. El escenario principal se preparaba para los discursos de cierre y las presentaciones artísticas mientras miles de personas ocupaban cada rincón disponible. Había rostros cansados por la caminata, maquillaje corrido por el sudor y los abrazos, pies adoloridos y banderas que seguían agitándose como si todavía quedaran fuerzas para unas cuadras más.

Bajo el cielo nocturno de Arequipa, la plaza se convirtió en una mezcla de fiesta y reivindicación. Sonaban canciones, se escuchaban agradecimientos y desde el estrado se repetía una idea que atravesó toda la jornada: la diversidad ya no es algo que pueda ocultarse fácilmente en la región. Dieciocho ediciones después, la Marcha del Orgullo había vuelto a ocupar las calles de la Ciudad Blanca con miles de personas, familias, colectivos y jóvenes que decidieron caminar juntos.

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