05/07/2026 | Alejandra Hancco
En San Lázaro los primeros en ocupar la calle son los caballetes. Después aparecen los frascos de agua, las cajas de acuarela y los pinceles. Cuatro artistas los acomodan con una calma que parece ajena al ritmo de la ciudad. A pocos metros pasan autos, motos y peatones. Algunos se detienen unos segundos para observar y continúan su camino. Ellos no levantan la vista. Pintan. Lo hacen cada sábado. Mientras Arequipa continúa transformándose, ellos vuelven una y otra vez al mismo lugar. Observan. Pintan. Sin saberlo, también conservan una ciudad que poco a poco deja de existir.
Durante décadas, esa manera de pintar terminó registrando una ciudad que comenzó a transformarse casi sin pausa. Acequias, caminos rurales, casonas antiguas y amplias extensiones de campiña fueron desapareciendo bajo el crecimiento urbano. Lo que alguna vez fue paisaje terminó convirtiéndose también en testimonio. Sin proponérselo, los acuarelistas fueron construyendo un archivo silencioso de Arequipa. Sobre el papel quedaron suspendidos lugares, formas de habitar y rincones que hoy sobreviven, sobre todo, en la memoria.
Donde todo comenzó
Mucho antes de convertirse en una tradición ligada al paisaje arequipeño, la acuarela llegó a la ciudad de la mano de Fernando Zeballos. Formado en Europa y condiscípulo del pintor español Mariano Fortuny, regresó a Arequipa en la segunda mitad del siglo XIX con una técnica hasta entonces desconocida y una nueva manera de observar la luz y el paisaje. Con esa visión fundó en 1890 el Centro Artístico de Arequipa, donde comenzó a gestarse una tradición pictórica estrechamente vinculada a la campiña, las casonas de sillar y la vida cotidiana.
Entre sus alumnos estuvo José G. Álvarez, considerado el padre de la pintura arequipeña. Durante cerca de cuarenta años dirigió el Centro Artístico y formó generaciones de artistas, contribuyendo a consolidar una escuela que echaría profundas raíces en la ciudad. Por sus aulas también pasaron figuras como Pedro Paulet, Francisco Mostajo y los hermanos Vargas, quienes compartieron allí sus primeras experiencias con la pintura antes de seguir caminos distintos.
Con el paso de los años, la pintura salió de las aulas y encontró en las calles, las plazas y la campiña su principal espacio de aprendizaje. Los artistas comenzaron a trabajar frente al paisaje, observando la luz sobre el sillar, los campos y los caminos rurales de una ciudad que todavía conservaba amplios espacios abiertos. Sin saberlo, también empezaron a preservar una Arequipa que décadas después cambiaría profundamente. Muchas de esas escenas hoy sobreviven únicamente en las acuarelas.
La ciudad que ya no existe
La campiña arequipeña, que durante décadas fue el escenario natural de la pintura local, se reduce de manera constante frente al crecimiento urbano. En distritos como Cerro Colorado, Cayma, Sachaca, Hunter y Characato, antiguos terrenos agrícolas dieron paso a urbanizaciones, nuevas vías y edificaciones que transformaron un paisaje durante mucho tiempo inseparable de la identidad de la ciudad.
El cambio también aparece en las cifras. El Atlas Ambiental de Arequipa, elaborado por el arquitecto y urbanista Carlos Zeballos Velarde, señala que la ciudad pasó de contar con 1046 metros cuadrados de campiña por habitante en 1940 a apenas 118 en 2019, una reducción cercana al 90 % en menos de un siglo. El estudio también advierte que las áreas verdes urbanas disminuyeron de 6.4 a 3.3 metros cuadrados por habitante entre 1960 y 2019, muy por debajo de los 9 metros cuadrados recomendados por la Organización Mundial de la Salud.
La transformación resulta especialmente significativa en una ciudad declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000, precisamente por la relación entre su Centro Histórico y la campiña que lo rodea. Este 2026 fue aprobado el Plan Maestro del Centro Histórico y Zona de Amortiguamiento (PLAMCHA) 2025-2035, que plantea preservar tanto el patrimonio construido como el paisaje agrícola del valle del río Chili, después de décadas de expansión urbana y reducción progresiva de la campiña.
El arquitecto y pintor José Álvarez Chávez ha visto esa transformación durante décadas. Recuerda antiguos espacios verdes en el trayecto hacia Lambramani y en la vía que conecta desde Estados Unidos hasta La Dolores, lugares que funcionaban como una transición entre la ciudad y el campo y que hoy desaparecieron bajo la urbanización. «Todavía algo se mantiene, pero lo otro no. Si vas hasta Characato queda muy poco. Y no va a faltar alguien que siga destruyendo», afirma.
Para él, la pérdida no es solo territorial. También ha cambiado la atmósfera que hizo singular a la acuarela arequipeña. «La acuarela aquí era especial por la luz que tenemos. El sillar, el cielo intermedio entre sierra y costa, los fragmentos de verde… todo eso ya te daba el cuadro hecho», recuerda.
El maestro acuarelista Percy Ludeña y Osorio comparte esa mirada. Muchos de los lugares que pintó durante las décadas de 1970 y 1980 —como Alata o Quequeña— hoy fueron reemplazados por nuevas construcciones. «Ya no se ve verde, se ve puro cemento casi», dice, evocando también una frase del artista Luis Palao Berastain, quien aseguraba que Arequipa había perdido el paisaje que la distinguía.
Quizá por eso, sostiene Ludeña, el verdadero valor de aquellas acuarelas solo se comprende con el paso del tiempo. Sin proponérselo, conservaron espacios que hoy ya no existen. «De aquí a un tiempo vamos a ver cómo todo esto cambia y vamos a tener una referencia de cómo era». Algo similar observa José Álvarez al contemplar antiguas acuarelas de la iglesia de Santa Marta o de los alrededores de Plaza España: escenas de una ciudad que cambió antes de que alguien imaginara que la pintura terminaría convirtiéndose también en memoria.
Los que todavía pintan
Las calles estrechas de San Lázaro conservan todavía algo del ritmo pausado de otra época. Entre muros de sillar y balcones antiguos, un grupo de acuarelistas instala sus caballetes mientras observa cómo la luz avanza sobre el barrio tradicional. No están allí por una exposición ni por encargo. Pintan como lo han hecho durante años, buscando entre el movimiento cotidiano fragmentos de la Arequipa que permanece.
El grupo forma parte de Acuarela Viva, un colectivo surgido en 2023 a partir de la experiencia de Arte en Sí, iniciativa impulsada un año antes por el artista Nixon Chumbislla. Desde entonces organiza salidas semanales para pintar distintos espacios de la ciudad y la campiña, manteniendo una práctica que durante generaciones distinguió a la escuela acuarelista arequipeña.
Roque Luis Aliaga Flores, uno de los impulsores del colectivo, explica que cualquier persona interesada puede sumarse a las jornadas. Para él, más que una actividad artística, se trata de continuar una tradición. «Estamos siguiendo lo que hicieron los antiguos acuarelistas. Ellos salían al campo y a las calles a pintar del natural. Nosotros de alguna manera estamos continuando esa tradición», afirma. Está convencido de que las obras realizadas hoy también serán un testimonio para el futuro. «Esto va a quedar como un documento histórico».
Pero volver cada sábado también responde a una necesidad más simple: observar. «La experiencia que recoges es diferente. Te conectas con el lugar, con la gente, con todo lo que está pasando alrededor», dice. Por eso insiste en seguir pintando, incluso cuando muchas corrientes artísticas han tomado caminos distintos. «En cualquier sitio dicen ‘acuarelista de Arequipa’ y hay respeto».
Entre quienes participan de estas salidas está también la docente y artista Edith Cortez. Mientras pinta, observa cómo las antiguas casas de sillar de sectores como Tíabaya van quedando rodeadas por nuevas construcciones. «Por eso seguimos saliendo a pintar. Captar también la historia de cada calle. Todo esto es histórico», resume.
A pocos metros trabaja Rigaby Jara, concentrada en los cambios de luz sobre los muros. Explica que la acuarela obliga a decidir con rapidez antes de que el agua transforme el color sobre el papel. «A veces creen que solo es pintar una casita», comenta. «Es como una lucha contra el tiempo y contra el agua».
Cada sábado, mientras la ciudad continúa cambiando, ellos vuelven a desplegar pinceles, agua y papel sobre las calles de Arequipa. No para detener el tiempo, sino para observarlo antes de que vuelva a transformarse.
Entre la herencia y el cambio
La acuarela arequipeña ya no es exactamente la misma que hace algunas décadas. Para el maestro Percy Ludeña, la técnica ha incorporado nuevas influencias, materiales y formas de creación que conviven con la tradición paisajista que durante años caracterizó a la escuela local. «Ahora la técnica de la acuarela se ha fusionado con otras tendencias», explica.
Aun así, pintar directamente del natural sigue conservando un valor difícil de reemplazar. Mientras las herramientas digitales transforman la manera de acercarse a la imagen, colectivos como Acuarela Viva continúan reuniéndose cada semana para trabajar frente al paisaje. A ello se suman concursos como el Nacional de Acuarela Jorge Vinatea Reinoso, el Concurso de Arte Michell y convocatorias más recientes como Mi Rincón en la Ciudad, que mantienen abiertos espacios para la práctica y difusión de la disciplina.
Más que desaparecer, la acuarela arequipeña parece seguir el mismo camino que la ciudad que retrata: cambia, se adapta y encuentra nuevas formas de permanecer.
La ciudad seguirá cambiando. Algunos paisajes desaparecerán y otros ocuparán su lugar. Pero mientras alguien vuelva a instalar un caballete frente a una calle, una plaza o el último rincón de campiña, Arequipa seguirá encontrando una forma de conservarse. No en el cemento ni en los planos urbanos, sino en la memoria silenciosa de una hoja de papel.