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Arequipa

Rodrigo Chávez Cusilayme: del Cristo que vio de niño a las imágenes que hoy crea

22/07/2026 | Alejandra Hancco

Un dibujo sin referencia puede parecer un gesto simple, pero para un niño puede convertirse en una revelación. Rodrigo Chávez Cusilayme tenía alrededor de diez años cuando vio a uno de sus tíos tomar una hoja de papel y un lápiz para hacer algo que todavía recuerda con asombro: dibujar un Cristo sin mirar ninguna imagen.

No había fotografías ni modelos. Solo su memoria y sus trazos.

“Pucha, qué bacán… ¿cómo lo hizo?”, pensó aquel niño que observaba cómo una figura aparecía desde la nada.

Lo que lo marcó no fue solamente el dibujo terminado, sino la posibilidad de crear algo que antes no existía. Aquella escena quedó como una primera lección sobre el arte: una imagen podía nacer completamente desde la imaginación.

Años después, esa misma idea volvería a aparecer, pero esta vez desde el otro lado. Rodrigo ya no sería quien observa, sino quien crea. Sus obras comenzarían a construirse desde imágenes que primero aparecen en su mente: rostros, atmósferas, escenas y emociones que luego transforma en pintura.

Quizá por eso una de sus obras más importantes nació durante la pandemia. En aquellos meses de encierro, cuando la incertidumbre estaba en todas partes, imaginó una figura femenina recostada con una mascarilla en el rostro, dentro de una atmósfera silenciosa. No era una copia de una fotografía ni una escena encontrada: era una imagen creada desde su propia experiencia de esos días.

“Todo ha salido de mi cabeza”, explica.

Rodrigo ha transitado por el realismo, el abstracto, la técnica mixta y distintas formas de experimentar con el color. Ha pintado más de mil quinientas obras entre acuarelas y óleos, pero detrás de esa producción existe una misma búsqueda: construir imágenes que tengan algo más que una apariencia bonita.

Para él, una obra debe decir algo. Debe provocar una pregunta, una emoción o un recuerdo.

Desde pequeño ya mostraba esa inclinación. En el colegio dibujaba paisajes, rostros y figuras de anime como Dragon Ball y Pokemon. También participaba en concursos de pintura. Sin embargo, cuando terminó la secundaria, su primera opción no fue el arte, sino la arquitectura.

Postuló a arquitectura en la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA), pero no ingresó. Ese intento terminó abriendo otro camino.

Su madre lo animó a continuar preparándose y fue así como llegó al instituto Thomas Jefferson, donde estudió diseño publicitario. Allí encontró una nueva forma de acercarse a la imagen: la fotografía. Dentro de esa carrera tuvo sus primeros cursos relacionados con esta disciplina y descubrió otro lenguaje visual que terminaría acompañando su pintura.

Pero el arte seguía llamándolo.

Por recomendación de profesores y familiares, comenzó a acercarse a la Escuela de Bellas Artes Carlos Baca Flor. En los talleres libres encontró un espacio donde su interés dejó de ser solo una afición y empezó a convertirse en una profesión.

En ese proceso apareció Jaime Antillaque, un artista arequipeño que se convirtió en una de sus principales influencias. Más que un maestro técnico, fue una figura que lo acercó al mundo artístico de la ciudad. Lo llevó por primera vez a galerías, al Centro Cultural, a la Alianza Francesa y a espacios donde Rodrigo descubrió que el arte existía más allá del taller.

“Era como mi papá artístico”, recuerda.

También reconoce la influencia de artistas como Renato Torres y Darwin Chávez, quienes fortalecieron su formación técnica, especialmente en el manejo del realismo y el color.

Aunque estudió en la Escuela de Bellas Artes Carlos Baca Flor y en la UNSA, Rodrigo considera que gran parte de su aprendizaje ocurrió en el contacto directo con otros artistas.

“Más he aprendido en talleres de artistas conocidos de aquí y de fuera”, cuenta.

Su manera de crear no responde a una fórmula fija. A veces empieza con una idea clara; otras veces, con manchas de color que va transformando hasta encontrar una imagen.

Toma una hoja, pinta sin una intención definida, recorta fragmentos y juega con las formas hasta que algo aparece. Es una búsqueda donde la casualidad también participa.

“Comienzo a manchar con colores y de ahí se van creando nuevas imágenes”, explica.

Esa exploración lo llevó a trabajar distintas técnicas. Ha utilizado acuarela, óleo, acrílico e incluso materiales poco convencionales como tinta de zapato cuando no tenía recursos para comprar otros materiales.

“Cuando no tenía plata pintaba con tinta de zapato negra”, recuerda.

La limitación nunca fue una excusa para dejar de crear.

Su obsesión también está en el color. Algunos tonos para él no son simplemente pigmentos, sino recuerdos. Los verdes apagados, los grises y los tonos terrosos le transmiten una sensación particular, una mezcla entre melancolía y memoria.

Por eso se siente cercano a la primera etapa de Vincent Van Gogh, aquella más oscura y contenida, antes de la explosión de colores por la que se volvió mundialmente conocido.

En Rodrigo, la pintura y la fotografía conviven como dos maneras distintas de observar el mundo. Si la pintura le permite construir una realidad desde cero, la fotografía le permite encontrar momentos que ya existen y revelar algo escondido en ellos.

Su paso por el fotoperiodismo le dio oficio, pero su interés más profundo sigue estando en la fotografía artística. En los estadios, donde sigue al FBC Melgar desde hace años, prefiere apuntar la cámara hacia las tribunas antes que hacia la cancha. Dice que todos toman fotos a los jugadores, pero que lo realmente importante son las emociones de la gente.

Esa misma sensibilidad aparece en su forma de entender el arte. No lo considera una etapa pasajera ni una actividad secundaria.

“Eso de que el arte te hace morir de hambre es falso”, afirma.

Cuenta que incluso su cámara profesional fue adquirida con el dinero que obtuvo de sus cuadros. Para él, su obra no solo representa una pasión, sino también una forma de vida.

El arte también le enseñó disciplina. Habla de entregas, fechas límite y noches trabajando para terminar una pieza.

“Si tengo que entregar algo, lo hago”, resume.

Su relación con el color también tiene una dimensión íntima. Algunos tonos activan recuerdos específicos, muchas veces involuntarios. En particular, ciertos verdes lo conectan con experiencias vividas en Lima durante una etapa sentimental marcada por la separación.

“Lima la gris”, dice.

La pandemia, por su parte, atraviesa varias de sus obras como una huella difícil de separar del proceso creativo. Pintar en ese periodo no fue una elección estética, sino una forma de sostenerse.

“Era desesperación, depresión”, recuerda.

Cada obra de ese tiempo funciona como registro de una experiencia emocional que quedó fijada en el lienzo.

“Una pandemia se vive una vez en la vida”, resume.

Cuando piensa en el futuro, su discurso se vuelve más directo. Busca realizar una exposición individual que reúna su propuesta de manera integral, sin fragmentación. No como punto final, sino como síntesis de un proceso en desarrollo.

A más largo plazo, su mirada se extiende fuera del país. Quiere viajar, conocer otros espacios y enfrentar su obra a nuevas miradas.

Pero, en el fondo, sigue siendo aquel niño que una tarde vio a un hombre dibujar un Cristo sin mirar ninguna imagen y descubrió que las cosas también podían nacer de la imaginación.

Desde entonces, no ha dejado de perseguir ese asombro.


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