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Arequipa

Marcos Rey entre la melancolía y sus memorias: Galicia

09/06/2026 | Alejandra Hancco

El olor a barniz fresco dominaba el ambiente. A pocos pasos de la iglesia de la Compañía, las luces se reflejaban sobre las mamparas del estudio mientras la noche avanzaba en silencio. Con los audífonos puestos y abstraído en su trabajo, Marcos Rey daba forma a una mujer que parecía emerger lentamente desde un cielo gris. A su alrededor, otras mujeres habitaban los lienzos apoyados contra las paredes: figuras silenciosas de piel clara, cabellos oscuros, vestidos agitados por el viento, bosques húmedos y cielos grises. Algunas parecían surgir de antiguas leyendas; otras, de recuerdos imposibles de precisar.


Todas compartían algo en común: una melancolía persistente, como si detrás de cada una sobrevivieran memorias que, pese a los años y la distancia, todavía se resisten a desaparecer.


Marcos Rey no comenzó pintando Galicia. Tenía apenas cuatro o cinco años cuando ingresó al colegio y, mientras otros niños se adaptaban a las primeras clases, él tomó unos colores y comenzó a dibujar un castillo. Desde entonces, el dibujo se convirtió en una constante. Pasaba horas en casa dibujando; no inventaba personajes ni mundos propios, observaba y reproducía aquello que llamaba su atención. Sin saberlo, estaba desarrollando la capacidad de observación que años después definiría gran parte de su trabajo.


Tras terminar la escuela trabajó en todo tipo de oficios: jardinero, estibador, heladero, camarero y operario en una fábrica de maquinaria agrícola. Eran empleos distintos entre sí, pero ninguno parecía ofrecerle un lugar donde quedarse. A los veinticinco años sintió que había llegado a un punto de quiebre. No tenía estudios superiores, no encontraba satisfacción en lo que hacía y comenzaba a convivir con una frustración que pronto derivó en depresión. Entonces tomó una decisión radical: encerrarse en casa y dedicarse a dibujar.


No asistió a academias ni tuvo profesores. Aprendió observando. Durante casi cuatro años vivió prácticamente aislado, dedicado a estudiar a los maestros clásicos y analizar cada libro que caía en sus manos. Leonardo da Vinci, Antonio López y otros artistas se convirtieron en maestros silenciosos.


“Me encerré en casa y me puse a hacer lo que mejor sabía hacer”.


Aquellos años de disciplina terminaron construyendo la base de todo lo que vino después.


A medida que mejoraba, comenzó a publicar sus dibujos en internet. Eran los años de los blogs personales y, entre comentarios e intercambios con otros usuarios, conoció a Pam, una mujer peruana con quien inició una relación a distancia. Tiempo después decidió viajar para conocerla, y aunque el viaje estuvo a punto de frustrarse cuando la aerolínea con la que había comprado su boleto quebró. Sin dinero para adquirir otro pasaje, encontró una salida inesperada: una de sus primeras pinturas fue vendida a un coleccionista. Gracias a esa venta pudo llegar a Perú.


En 2010 llegó a Arequipa. Aquí continuó dibujando, realizó retratos de familiares, vecinos y amigos, y organizó una pequeña exposición con aquellas obras. Más tarde, los trabajos viajaron con él de regreso a España y fueron exhibidos bajo un nombre sencillo pero significativo: Arequipa.


Para entonces ya había comprendido que si quería vivir del arte necesitaba aprender a pintar. Lo hizo del mismo modo en que había aprendido a dibujar: trabajando. No hubo academias, experimentos prolongados ni etapas de transición.


Se lanzó directamente al óleo.

El óleo es el medio más versátil que hay para crear lo que quieras”.


La elección no fue casual. Le permitía corregir, borrar y reconstruir una imagen tantas veces como fuera necesario, una posibilidad que encajaba perfectamente con su forma de trabajar.

Marcos nunca habla de inspiración repentina ni de revelaciones artísticas. Habla de observación, aprendizaje y paciencia. De estudiar cuadros ajenos para comprender cómo funcionan los empastes, las veladuras o la composición. De corregir una y otra vez hasta que una imagen encuentra su lugar.


Sin embargo, durante mucho tiempo, la pintura siguió siendo principalmente un oficio. Mientras muchos artistas se acercaban a ella desde una idea romántica de la creación, él la entendía como un trabajo, una forma de construir una vida a través de aquello que sabía hacer mejor.


“No tengo ese lado romántico que suelen tener los artistas”.

Y, aun así, algo cambió. Después de más de una década pintando, comenzó a mirar hacia atrás. Hacia Galicia. La distancia terminó convirtiéndose en una forma de regreso.


La transformación fue gradual. Las mujeres empezaron a ocupar el centro de sus cuadros como una forma de regresar a la infancia. Cuando era niño, su madre trabajaba muchas horas al día y él pasaba gran parte del tiempo en casa de su abuela, rodeado de tías, primas y otras figuras femeninas que recuerda como un refugio.


“Sentía que ahí no me podía pasar nada malo nunca”.


Con los años, esa sensación de protección se transformó en uno de los pilares de su imaginario. Las mujeres que aparecen en sus obras no representan personas concretas, sino recuerdos, emociones e imágenes idealizadas.


“Cada personaje representa un recuerdo o una imagen que se me quedó en la cabeza”.


También están atravesadas por la melancolía. Marcos se define como una persona melancólica. No oscura, pero sí gris. Por eso sus personajes contienen algo de autorretrato: expresan estados interiores que reconoce como propios.


Fue entonces cuando Galicia comenzó a aparecer con más fuerza. Sus cuadros empezaron a poblarse de montes cubiertos de vegetación, lluvias interminables, mares agitados, antiguas festividades, historias familiares y figuras inspiradas en las meigas, aquellas mujeres sabias de los pueblos gallegos que durante generaciones atendieron partos, cuidaron animales y aliviaron enfermedades mediante conocimientos transmitidos de forma oral.


Actualmente trabaja en un gran retrato inspirado precisamente en una de ellas. Quiere que quien contemple la obra comprenda que las meigas no eran criaturas fantásticas ni personajes de leyenda.


Eran mujeres reales.


“Hay una palabra que define muy bien lo que siente un gallego cuando vive lejos de su tierra: morriña”.


Desde hace algunos años, esa búsqueda se ha convertido en el eje de su trabajo. Más que representar un territorio, Marcos parece reconstruir una memoria. Y fue precisamente en ese diálogo con sus recuerdos donde encontró algo que durante mucho tiempo no había encontrado en la pintura: una conexión profunda consigo mismo.


Hoy su obra forma parte de colecciones en distintos países y ha sido reconocida en algunos de los concursos más importantes de la pintura figurativa contemporánea. En 2025 recibió el Premio The Guide Artists en Figurativas y sus cuadros han llegado incluso a exhibirse en Sotheby’s, en Nueva York. Sin embargo, cuando habla de sus aspiraciones futuras, la conversación toma otro rumbo.


Lo que busca es algo más difícil.Quiere crear una obra capaz de permanecer.


Una de esas pinturas que sobreviven al paso del tiempo y conservan su fuerza incluso cuando su autor ya no esté.


“Me gustaría que la gente pudiera decir: qué bueno era este tipo”.


Mientras tanto, continúa trabajando.

Cada tarde regresa al estudio. Observa el lienzo, corrige una forma, modifica un gesto, añade una veladura y vuelve a empezar. Afuera, Arequipa sigue su ritmo habitual. Adentro, entre el olor a barniz y las historias que todavía llegan desde Galicia, una nueva mujer comienza a emerger lentamente sobre un lienzo.

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