26/05/2026 | Alejandra Hancco
En el quinto piso del edificio Arequipa, el taller de Héctor Galdós parece contener varios mundos al mismo tiempo. Sobre las paredes conviven paisajes en acuarela, composiciones surrealistas al óleo y obras construidas con arena que aluden a identidad y conflictos sociales. El olor a pintura permanece suspendido en el ambiente mientras el artista retoca una de sus piezas. Entre pinceles, pigmentos y texturas, trabaja con calma, como alguien acostumbrado a observar más de lo que habla.
En ese mismo espacio, su trayectoria toma forma. Con más de dos décadas dedicadas al arte, el pintor arequipeño Héctor Edwin Galdós Taco ha construido una carrera marcada por la constancia y la experimentación. Egresado de la Escuela Nacional de Artes Carlos Baca Flor y actualmente estudiante de una maestría en artes en la Universidad Nacional de San Agustín, en 2025 obtuvo el segundo lugar en el XLIV Concurso Nacional de Acuarela Michell con su obra Instantes Eternos. Este 2026 volvió a clasificar al certamen nacional, reafirmando un recorrido sostenido por la disciplina y la búsqueda constante de nuevas formas de expresión.
Su historia con el dibujo comenzó mucho antes de pensar en el arte como oficio. Recuerda las tardes junto a su hermana copiando personajes de las fábulas de Esopo, aunque también las primeras frustraciones al intentar dominar el color. “Sentía que echaba a perder el dibujo porque me salía de las líneas”, comenta entre risas. A los seis años, durante una tarea escolar por el mes patrio, mientras la mayoría de sus compañeros dibujaron la bandera peruana, él decidió representar toda la proclamación de la Independencia.
“Todos dibujaron banderas, pero yo hice toda la proclamación. Me pasé toda la mañana dibujando y pintando con colores. Me estresé, pero valió la pena”, recuerda.
Aquella forma de observar el mundo a través de escenas completas terminó marcando su relación con el dibujo incluso antes de entenderlo como vocación.
Dedicarse profesionalmente al arte no fue un camino inmediato. En su entorno familiar existía la idea de que la pintura no ofrecía estabilidad económica. “Siempre se decía que con el arte no se podía progresar”, recuerda. Por algún tiempo pensó estudiar arquitectura, pero los caminos terminaron llevándolo inevitablemente hacia los pinceles y los lienzos. Habla de ello como una especie de predestinación silenciosa que terminó imponiéndose sobre cualquier duda.
Entre todas las técnicas que domina, el óleo ocupa un lugar especial en su obra. En sus trabajos más personales, se acerca al surrealismo y al realismo mágico, construyendo escenas simbólicas y cargadas de atmósferas.
“Con el óleo puedes darle una mejor atmósfera a los cuadros. Consigues más realismo, pero también algo más misterioso. Es una técnica que te lleva a pensar mucho más allá”, explica.
Otra de sus propuestas más personales aparece en los trabajos realizados con arena. Más que pinturas tradicionales, los describe como collages de pigmento y textura. En estas piezas aborda problemáticas sociales como la discriminación racial y la búsqueda de identidad.
“Con la arena trato de hablar de esas heridas sociales que muchas veces seguimos ignorando”, reflexiona.
En la acuarela, el artista se aproxima a una mirada más directa de la realidad. Sus obras se alejan de los paisajes convencionales y se concentran en caminos de tierra, espacios desolados y fuertes contrastes de luz y sombra. Son escenas austeras y silenciosas, que invitan más a la reflexión que a la contemplación decorativa.
Ha participado en diversos certámenes nacionales, entre ellos el concurso de dibujo “Dos Generaciones”, el certamen MAPFRE para las Artes y el concurso del BCRP. En 2016 obtuvo una mención honrosa en el Concurso de Acuarela John Constable. Sin embargo, su hito más importante llegó en 2025 con el segundo lugar en el Concurso Nacional de Acuarela Michell. Este 2026, además, volvió a clasificar al mismo certamen, reafirmando su presencia constante en la escena artística nacional.
“Ganar el Michell fue concretar un anhelo desde que estaba en artes. Me llena de satisfacción después de años de trabajo”, recuerda.
Para el artista, el valor de una obra no está en lo inmediato, sino en lo que contiene detrás. “A veces vemos una obra y solo decimos ‘qué bonita’, pero no vemos el concepto. El arte es bastante complejo, como el ser humano”, reflexiona.
“El artista expresa según lo que vive; en los colores, en la composición, en todo se refleja su forma de ver el mundo”, añade.
Desde su perspectiva, el arte no puede desligarse del entorno. “Tiene que haber una conexión con la realidad, con el contexto cultural incluso con lo que está pasando en el mundo”, afirma.
Al hablar de los retos que enfrenta un artista en Arequipa, señala dos problemas centrales: la falta de un mercado artístico consolidado y una formación todavía demasiado teórica.
“No hay un mercado real para el arte aquí y el arte también tiene que aprenderse desde lo práctico, porque uno puede saber teoría, pero necesita experiencia directa con los materiales”, sostiene.
En el silencio del taller, entre obras en proceso y materiales dispersos, la conversación va perdiendo su carácter técnico. Galdós se detiene un momento, como si el propio espacio terminara de ordenar sus ideas, y reflexiona sobre el lugar que ocupa el arte en su vida. No lo plantea como una elección entre otras, sino como una presencia constante que ha acompañado todo su camino.
“No sabría cómo vivir sin el arte… incluso si algún día me alejo, sé que voy a volver. Es el lugar al que siempre regreso”, dice, dejando en esa idea el cierre de una trayectoria que, más que un oficio, parece un destino.