12/07/2026 | Alejandra Hancco
La primera multitud de aquella mañana no estaba formada por postulantes. Eran los otros: madres con una botella de agua en la mano, padres que miraban el reloj cada dos minutos, hermanos menores todavía adormecidos y abuelos que habían madrugado para acompañar a alguien que cargaba una esperanza familiar.
Desde antes de las seis de la mañana, las veredas de la Universidad Nacional de San Agustín se habían convertido en una sala de espera al aire libre. El frío de julio se mezclaba con la ansiedad. Entre la avenida Independencia y las calles aledañas se extendían filas de jóvenes que sostenían apenas un DNI, un carné impreso y un lápiz HB. Nunca se lleva tan poco para jugarse tanto.
Casi ocho mil postulantes llegaron ese domingo para competir por una de las 723 vacantes distribuidas en 59 carreras. La mayoría aspiraba a una plaza en Ingeniería; otros soñaban con las aulas de Sociales o Biomédicas. Pero, a esa hora, las cifras importaban poco. Todos tenían la misma expresión: la de quien está a punto de cruzar una puerta que podría cambiarle la vida.
Las filas avanzaban despacio, como si el destino tuviera su propio ritmo. Algunos repasaban fórmulas en voz baja. Otros miraban el suelo. Había quienes sonreían para disimular los nervios y quienes recibían el último consejo de sus padres, aunque ya no quedara nada por aprender en esos minutos finales.
A las ocho y treinta de la mañana, las puertas se cerraron.
Entonces, como ocurre en cada proceso de admisión, hubo quienes se quedaron del otro lado. Dos postulantes llegaron tarde. Apenas uno o dos minutos de diferencia bastaron para encontrar las rejas cerradas y comprender que el examen ya había comenzado sin ellos. Permanecieron unos segundos inmóviles, como si esperaran que alguien corrigiera el reloj o les concediera una última oportunidad.
No ocurrió.
Alrededor, algunos familiares intentaron consolarlos. Dijeron que habría otro examen, otra convocatoria, otra posibilidad. Pero en ese momento las palabras pesaban poco. Los sueños truncados tienen una expresión particular: una mirada perdida, unos ojos llenos de lágrimas y un silencio que parece durar más que unos cuantos minutos de retraso.
Mientras tanto, adentro, los casi ocho mil postulantes restantes respondían preguntas de matemática, historia o biología. Afuera, en cambio, otro examen acababa de comenzar.
Porque el verdadero mar humano no estaba dentro de las aulas.
Estaba afuera.
En las afueras del área de Sociales, cientos de padres y madres decidieron esperar. Algunos permanecieron de pie durante horas. Otros se sentaron en las veredas o buscaron una sombra que los protegiera del sol del mediodía. Compraron una botella de agua, un periódico o un paquete de galletas para hacer más llevadera la espera. Conversaban poco y miraban mucho la puerta.
Cada cierto tiempo alguien preguntaba la hora.
Y después volvía el silencio.
Ninguno de ellos rendía la prueba, pero todos sentían que una parte de su futuro también estaba en juego. La universidad pública sigue siendo para miles de familias arequipeñas una promesa de ascenso, la posibilidad de que un hijo llegue más lejos de lo que llegaron sus padres.
Por eso esperaban.
Esperaban como se espera un diagnóstico, el nacimiento de un hijo o una noticia decisiva.
Esperaban porque, de alguna manera, el examen también les pertenecía.
Al mediodía, cuando el examen terminó, el mar humano comenzó a disolverse. Las veredas se vaciaron poco a poco y cada familia llevó consigo la misma incertidumbre de la mañana, pero ahora encerrada en sus casas, en sus mesas, en sus silencios. La espera no terminó: simplemente cambió de lugar y aguardó, paciente, en el interior de las almas llenas de esperanza.
Los resultados no aparecieron sino hasta la noche. Cerca de las diez, los nombres de los nuevos ingresantes comenzaron a ordenarse en las pantallas y, con ellos, llegaron los gritos de felicidad, los abrazos largos y las llamadas hechas con las manos temblorosas. También llegaron las lágrimas. Porque donde hay ganadores, también hay perdedores.
Porque por cada nuevo cachimbo hay otros que deberán volver a intentarlo.
Y, sin embargo, el próximo examen volverá a llenar las veredas de la UNSA. Volverán las filas, los abrazos apresurados, las bendiciones, las madres que esperan y los muchachos que corren contra el reloj.
Porque en Arequipa hay sueños que se miden en puntos y se anuncian en una lista de ingresantes.
Y porque cada proceso de admisión deja la misma certeza: miles de jóvenes llegan a la universidad para rendir un examen, pero son miles de familias las que pasan el día entero examinando sus esperanzas.