15/06/2026 | Alejandra Hancco
La luz del atardecer se filtra por una gran mampara de vidrio y convierte el taller de Janeth Zea en una prolongación del paisaje de sus acuarelas. Afuera, el cielo se desarma en tonos ocres y anaranjados; adentro, esa misma paleta parece repetirse en las obras, en los pinceles y en los rastros de pintura que habitan el espacio.
El lugar tiene una calidez particular, no solo por la luz, sino por la forma en que cada objeto parece ocupar su sitio como parte de una sensibilidad construida con el tiempo. Janeth Zea transmite la misma sensación. Hay en su manera de mirar algo místico, una atención pausada a la luz cambiante, a los colores que se transforman y a esa fugacidad que intenta retener en sus acuarelas. En ese equilibrio entre lo cotidiano y lo contemplativo, la conversación avanza lentamente, como una extensión natural de la forma en que mira el mundo.
Desde muy pequeña, Janeth Zea encontró en el dibujo una forma natural de relacionarse con el mundo. Tenía apenas cinco años cuando su casa aún estaba en construcción y empezó a dibujar con lo que encontraba a su alcance: el ocre que su padre utilizaba para marcar líneas en las paredes, o incluso restos de carbón de eucalipto convertidos en improvisados lápices.
«Lo agarraba con las manos, lo mezclaba con agua y empezaba a dibujar en las paredes».
No había reglas ni permisos, solo la necesidad de dejar una huella. Durante los años de escuela, esa inclinación siguió creciendo entre páginas de cuadernos que reservaba para copiar retratos y escenas históricas. “Mis cuadernos parecían álbumes”, recuerda. Y lo eran: una colección silenciosa de dibujos que comenzaba a revelar una mirada propia. Por entonces, el dibujo era una presencia constante en su vida, aunque aún no imaginaba que terminaría dedicándose a él.
Un día, mientras caminaba junto a su hermano, pasó frente a la Escuela Superior de Arte Carlos Baca Flor. Faltaba apenas un día para el cierre de inscripciones. Él la animó a dar un paso que hasta entonces no había considerado seriamente. Sin una preparación previa ni un plan definido, decidió postular. Ingresó y comenzó una formación que amplió su manera de entender el dibujo y la pintura.
Al terminar sus estudios, la realidad se impuso. La necesidad económica la llevó a trabajar en actividades alejadas de la creación artística. A ello se sumó un diagnóstico médico que la obligó a abandonar el óleo, una de las técnicas con las que más disfrutaba trabajar. Lo que inicialmente parecía una pausa temporal terminó prolongándose durante años.
«Sentía que ahí no encajaba, que no era el lugar donde me sentía feliz».
Con el tiempo, esa sensación de estar lejos de sí misma se volvió imposible de ignorar. Hacia 2016 tomó una decisión silenciosa: regresar al arte. Empezó a comprar materiales poco a poco, como quien prepara un retorno largamente esperado. Acuarelas, pinceles, cartulinas. Cuando llegó la pandemia, la encontró con los materiales listos y el deseo intacto. Fue entonces cuando la acuarela dejó de ser una posibilidad postergada para convertirse en una presencia cotidiana.
El confinamiento también transformó su manera de mirar el paisaje. Aunque los atardeceres siempre le habían atraído, en aquellos años se convirtieron en un ritual cotidiano. Cada tarde se sentaba junto a Campeón, su perro y compañero inseparable, a observar cómo la luz desaparecía lentamente. En medio de la incertidumbre, esos minutos de contemplación se volvieron una forma de refugio y gratitud.
«Al final del día solo quedaba agradecer por un nuevo día y por seguir en familia».
Desde entonces, su trabajo se ha concentrado principalmente en el paisaje y en la pintura de campo. Sin embargo, su interés no está en reproducir un lugar tal como aparece ante los ojos, sino en capturar la experiencia de habitarlo. Cuando viaja, no solo observa los espacios que pinta: también se interesa por las historias que los rodean, las personas que los habitaron y las emociones que esos lugares despiertan en ella. Sus acuarelas nacen de esa combinación entre memoria, observación y sentimiento, donde los colores y las atmósferas terminan convirtiéndose en una traducción de lo vivido más que en una representación exacta de la realidad.
«Pintar es sentirse libre».
Algunas obras incluso conservan recuerdos profundamente personales. En una acuarela titulada Minutos de espera, por ejemplo, utilizó tonos grises y violetas para expresar la tristeza y la incertidumbre que sintió mientras esperaba el regreso de su perro desaparecido. Para quien observa la obra pueden ser simplemente colores armónicos o una escena agradable; para ella, en cambio, representan una emoción íntima. Esa diferencia resume buena parte de su manera de entender la pintura: detrás de cada paisaje existe una experiencia interior que no siempre se ve, pero que permanece en cada trazo.
Durante varios años mantuvo una práctica intensa y constante. Como integrante del colectivo Acuarela Viva, participó en numerosas jornadas de pintura en campo junto a otros artistas, exploró la acuarela nocturna y se impuso el reto de crear todos los días como una forma de aprendizaje permanente. Más allá del ejercicio artístico, aquellas experiencias fortalecieron vínculos de compañerismo y apoyo mutuo que recuerda con especial gratitud.
Actualmente, esa energía creativa convive con otra faceta de su vida: la docencia. Para Janeth, enseñar no significa únicamente transmitir conocimientos técnicos, sino compartir una forma de mirar el mundo. Parte de esa motivación nace de una pregunta que suele hacerse con frecuencia: cómo le habría gustado aprender arte cuando era estudiante.
«El arte no es solo copiar una imagen, es también una forma de encontrarte contigo mismo».
Por eso busca que sus alumnos entiendan el arte más allá de la técnica o la copia de imágenes. Para ella, crear también implica desarrollar sensibilidad, confianza y una mirada propia. En muchos jóvenes reconoce talentos que necesitan orientación y encuentra en la docencia una forma de compartir lo que ha aprendido, sin dejar de lado su verdadera vocación: la pintura.
Al hablar de su forma de ver el mundo, Janeth Zea sorprende con una afirmación que parece contradecir la intensidad cromática de sus acuarelas.
«El mundo es gris, pero hay personas que son seres de luz».
No lo dice con pesimismo, sino como una observación. Para ella, gran parte de la vida cotidiana transcurre dentro de estructuras que limitan la libertad. Quizá por eso encuentra en el arte una forma de resistencia: un espacio donde todavía es posible crear, imaginar y habitar el mundo desde la sensibilidad.
Esa búsqueda de libertad también aparece en la manera en que observa el paisaje. Para Janeth, los atardeceres nunca son solo un espectáculo visual. Cuando contempla el horizonte, la ciudad parece desaparecer y el mundo se vuelve más amplio, casi infinito. A veces imagina que las casas son olas y que detrás de la línea del cielo existe algo que continúa más allá de la vista.
Recuerda una historia que escuchó de su madre cuando era niña: los atardeceres intensamente rojos eran la señal de una batalla entre los ángeles del mundo de arriba y los del mundo de abajo. Con los años, aquella imagen permaneció en su memoria y alimentó una forma de mirar donde la realidad y la imaginación conviven naturalmente.
«Uno con la mirada puede ser infinito, como el mar».
Quizá por eso ningún atardecer le parece igual a otro. Le atrae la manera en que la luz transforma el paisaje y cómo los colores cambian antes de desaparecer. Los naranjas, los sienas y los morados que aparecen al final del día son, para ella, mucho más que colores: son estados de ánimo, recuerdos y emociones.
Aunque la acuarela ocupa hoy un lugar central en su obra, Janeth Zea también viene desarrollando una línea más personal en acrílico y óleo. Allí el paisaje cede espacio a preguntas sobre la identidad y la memoria. Sus nuevas propuestas buscan reflexionar sobre el Perú, sobre aquello que permanece en la herencia cultural y sobre la necesidad de reconocer las propias raíces para comprender el presente.
«Hay que saber de dónde vienes para entender a dónde vas».
Esa búsqueda convive con una sensibilidad que también se expresa a través del color. El azul, el amarillo y el rosado —sus tonos predilectos— aparecen con frecuencia en su obra como una extensión de su manera de sentir: el azul asociado a la profundidad y al horizonte, el amarillo a la luz que atraviesa muchos de sus paisajes y el rosado a una suavidad emocional que suele emerger en sus composiciones. Más que una elección estética, son colores que terminan revelando estados interiores.
Desde la gran ventana de su taller, el atardecer suele detener el tiempo. La ciudad se diluye poco a poco y el paisaje queda suspendido entre la luz y la sombra. Allí, frente a un horizonte que nunca parece repetirse, Janeth Zea encuentra la misma sensación de libertad que persigue en sus pinturas.
Quizá por eso sus acuarelas regresan una y otra vez a esos cielos cambiantes donde habitan los recuerdos, la contemplación y la posibilidad de imaginar algo más allá de lo visible. Porque, para ella, pintar no consiste únicamente en retratar un paisaje, sino en conservar la emoción de haberlo vivido.