19/05/2026 | Alejandra Hancco
Desde el cuarto piso del edificio Arequipa, a pocos metros de la Plaza de Armas, José Alejandro Álvarez Chávez observa una ciudad que ha marcado buena parte de su obra. Desde las ventanas de su estudio se distinguen los portales del centro histórico, la iglesia de la Compañía y una arquitectura que aparece constantemente en sus pinturas. Pintor, arquitecto, diseñador e ilustrador, Álvarez ha desarrollado una obra profundamente ligada a la memoria visual de Arequipa, donde el paisaje urbano, la campiña y la luz de la ciudad aparecen como una presencia constante a la que siempre vuelve.
Su trabajo transita entre la acuarela, el óleo, el acrílico, el collage y propuestas más abstractas. Algunas de sus obras exploran composiciones geométricas y materiales diversos; otras vuelven al paisaje arquitectónico arequipeño, a la campiña y al volcán Misti. Sin embargo, más allá de la técnica, existe una idea que atraviesa toda su obra: la necesidad de pintar algo que realmente lo conmueva.
“La relación con el paisaje es una cosa nostálgica, una manera de sentir la ciudad”, comenta.
Álvarez se define como alguien atravesado por distintas disciplinas. Además de la pintura, trabajó durante años en diseño y docencia, mientras desarrollaba una obra visual marcada por el color, la composición y una mirada profundamente sensible sobre la ciudad.
“Todo termina apoyando una misma idea de creatividad”, sostiene.
Antes de encontrar en la pintura una vocación definitiva, imaginó otros caminos posibles. Durante su adolescencia quiso ser biólogo, veterinario, sociólogo e incluso economista. Sin embargo, mientras terminaba el colegio, descubrió que tenía una relación distinta con el dibujo.
Recuerda que, durante los últimos días de promoción, sus compañeros acostumbraban firmar una camisa acompañada de dibujos y mensajes. Aquella noche se quedó trabajando hasta la madrugada, algo inusual en él. En medio de ese proceso, se detuvo a mirar lo que había hecho.
“Vi lo que había dibujado y ahí pensé: ‘Puedo ser pintor’”, recuerda.
Más adelante ingresó a Arquitectura y luego a la Escuela de Arte, donde conoció al pintor Luis Germán Espinosa, a quien considera fundamental dentro de su formación. Desde entonces, la pintura dejó de ser una curiosidad para convertirse en una búsqueda permanente.
“Cuando me he metido al dibujo y a la pintura, me he metido de lleno”, afirma.
Esa intensidad también aparece en la manera en que entiende la construcción de una obra. Para Álvarez, una pintura no depende únicamente del impacto general de la imagen, sino del valor contenido en cada fragmento de la composición.
“Un pintor no lo es solo por el todo, sino porque su todo está compuesto de partecitas y cada centímetro cuadrado de su pintura es valioso”, sostiene.
A lo largo de los años, nunca se sintió cómodo permaneciendo en una sola técnica. Ha transitado entre la acuarela, el óleo, la abstracción y composiciones donde incluso incorpora materiales como hilos, piedras o metales. Para él, cada idea exige una manera distinta de ser trabajada.
“No creo que una sola técnica sirva para todo. Hay cosas que el realismo puede resolver y otras donde necesitas irte hacia algo más abstracto o más conceptual”, explica.
Esa necesidad de cambiar también responde a una búsqueda por no repetirse.
“Si sigo mucho tiempo en una sola cosa, me aburro. Y cuando uno ya está aburrido empieza a hacerlo mal. Entonces mejor cambio y después vuelvo”, comenta.
Con el tiempo, también desarrolló una reflexión sobre los artistas que admira y sobre aquello que considera esencial dentro de la pintura. Parte de esa mirada nació durante la investigación de su tesis de maestría, donde profundizó en el trabajo de los pintores del antiguo Centro Artístico de Arequipa. Aunque en su juventud no valoraba ese tipo de pintura, años después encontró algo que terminaría marcando su propia manera de entender el arte.
“He llegado a una conclusión: esos pintores pintaban la verdad. Pintaban lo que veían y también lo que sentían”, afirma.
Para Álvarez, esa verdad no necesariamente tiene que ver con copiar el paisaje de manera exacta, sino con transmitir honestamente aquello que una imagen provoca. Su relación con Arequipa nace justamente desde esa idea. Más que representar lugares específicos, sus obras buscan transmitir una atmósfera construida desde la memoria, la luz y la emoción. El paisaje aparece constantemente en su trabajo, pero no desde una mirada decorativa, sino como una forma de interpretar la ciudad y registrar sus cambios.
“La relación del pintor tiene que ver con el medio geográfico, con el Misti, con la arquitectura y con el poco verde que queda”, explica.
Uno de los símbolos más recurrentes dentro de la pintura arequipeña es precisamente el volcán Misti. Durante décadas, esa imagen fue reproducida innumerables veces en pinturas destinadas al turismo y a la venta rápida. Según Álvarez, eso terminó desgastando su sentido original.
“Todos pintaban mistis. Habían dejado de ser reales”, recuerda.
Sin embargo, años después decidió volver sobre ese paisaje desde otra perspectiva, intentando recuperar una relación más honesta y emocional con aquello que representa.
Su preocupación por Arequipa no se limita únicamente a la pintura. También existe una mirada crítica sobre la manera en que la ciudad ha ido perdiendo parte de su patrimonio y de su campiña tradicional. Álvarez recuerda que la declaratoria de Arequipa como Patrimonio Cultural de la Humanidad fue el resultado de un trabajo colectivo donde participaron arquitectos, artistas y escritores locales.
“Todos hicimos todo gratis. Era un trabajo por la ciudad”, comenta.
Hoy, sin embargo, considera que gran parte de ese valor se ha ido deteriorando debido al crecimiento urbano y a los intereses inmobiliarios.
“Hasta la fecha se ha perdido gran parte de la campiña”, afirma.
Para él, esa transformación responde a una lógica donde el mercado termina imponiéndose sobre la memoria y el valor cultural de los espacios.
“Todo se vende. Incluso los principios se terminan vendiendo”, sostiene.
Esa preocupación lo llevó incluso a participar, años atrás, en una protesta para evitar la construcción de edificios sobre un vivero ubicado cerca del Parque Selva Alegre. Recuerda que, durante la gestión de Luis Cáceres Velásquez, el espacio iba a ser reemplazado por torres de departamentos, por lo que junto a un grupo de amigos decidió organizar una manifestación para defender las áreas verdes.
“Salimos todos con las macetas, a hacer un desfile. Éramos cincuenta ilusos marchando con nuestras macetas, pero se paró eso”, recuerda entre risas.
Aunque reconoce que su generación ya pertenece a “los viejos”, todavía mantiene esperanza en que existan jóvenes interesados en defender el paisaje y el patrimonio de la ciudad.
“Me gustaría que hubiera más jóvenes románticos que hagan algo, no solamente que critiquen que todo anda mal”, señala.
Además, considera que quienes decidan involucrarse no estarían solos, sino acompañados por generaciones mayores que aún conservan ese compromiso con la ciudad.
“Hay gente de mi generación que está en sus cuarteles de invierno, pero dispuesta a salir nuevamente”, concluye.
Al hablar sobre el panorama artístico local, también es crítico. Considera que Arequipa todavía no logra construir una relación sólida entre sus artistas y el mercado cultural.
“Hay muy buenos artistas, pero no hay una relación real entre ese mercado y los artistas”, afirma.
Según explica, gran parte del consumo artístico continúa asociado a la decoración o a productos traídos desde otras ciudades, mientras los artistas locales tienen pocos espacios para exhibir y comercializar sus obras.
“¿Por qué no hay tiendas de arte en los malls? La gente tendría que entrar, ver un cuadro y soñar con él”, comenta.
A pesar de ello, continúa trabajando desde su estudio en el centro histórico de Arequipa, desarrollando una obra donde conviven arquitectura, color, memoria y paisaje. Más que representar una ciudad exacta, sus pinturas parecen intentar conservar una sensación: la de una Arequipa que todavía puede ser observada con asombro.
Y cuando se le pregunta qué recomendaría a los jóvenes artistas, vuelve al mismo punto que atraviesa toda su obra: la necesidad de mirar con atención y de dejarse conmover por aquello que se pinta.
“Que observen bien y que lo sientan”, concluye.