30/06/2026 | Alejandra Hancco
Toda feria tiene un ruido. La del Altiplano tiene cientos. El golpe de las balanzas, los cuchillos sobre la madera, las monedas cayendo en la mano, los saludos en quechua y aimara, los motores de los camiones descargando mercadería antes del amanecer. Durante unas horas, ese ruido parece ordenado, casi doméstico. Pero hace cincuenta años no tenía dónde sostenerse. No había techo, ni pasadizos, ni dirección. Solo viaje.
La Asociación de Comerciantes de la Feria del Altiplano fue fundada en 1976. Desde entonces, su historia no se puede contar sin movimiento. Porque antes de ser un mercado formal, antes de convertirse en uno de los principales centros de abasto de Arequipa, la feria fue una forma de caminar la ciudad con mercadería a cuestas. Una forma de comercio que no sabía quedarse quieta.
Mucho antes de existir el edificio de la calle Elías Aguirre 311, antes de las catorce secciones organizadas y de las celebraciones con bandas y morenadas, la Feria del Altiplano era apenas un grupo de comerciantes que extendía mantas sobre el suelo de la Quinta Romaña. Allí levantaban un mercado efímero que funcionaba solo lunes y martes de cada semana. Después desarmaban todo y emprendían nuevamente el viaje hacia Puno. La feria no abría ni cerraba: aparecía y desaparecía.
No fueron desalojados una sola vez. Fueron tantas, que aprender a mudarse terminó siendo parte del oficio. Quinta Romaña. Estadio Melgar. Calle Unión. Parque Mayta Cápac. Calle París. Mariano Melgar. Cada espacio parecía definitivo hasta que dejaba de serlo. Entonces había que levantar otra vez los puestos y reconstruir la rutina desde cero. El mercado no cambiaba simplemente de lugar: sobrevivía en cada lugar por un tiempo.
Entre 1976 y los años siguientes, la feria funcionó como un organismo en tránsito. Los comerciantes, en su mayoría provenientes de Puno, llegaban a Arequipa con camiones cargados de productos básicos —papa, chuño, quinua, carne de cordero, menestras— que descargaban en espacios improvisados de venta. No había vitrinas ni estructuras metálicas, solo suelo, mantas y cajas de madera. El trabajo se concentraba en esos dos días: vender rápido, desmontar igual de rápido y volver a empezar el ciclo.
El resto de la semana era otra geografía. El viaje hacia el altiplano para reabastecerse, el retorno a la ciudad, la incertidumbre de no saber si el lugar siguiente seguiría disponible. La feria no tenía estabilidad porque la estabilidad no era una opción. Su existencia dependía de la movilidad constante, de la capacidad de volver a empezar en cada esquina.
Durante años, ese movimiento se repitió como una rutina sin descanso. Cada traslado era una nueva fundación. Cada desalojo, una reconstrucción. La feria no crecía en un solo punto: crecía en la repetición del desplazamiento.
Después de dos décadas persiguiendo un lugar donde quedarse, hicieron algo que parecía imposible: compraron uno. En 1997, por disposiciones que prohibían el comercio ambulatorio, la Asociación de Comerciantes de la Feria del Altiplano adquirió el terreno ubicado en la calle Elías Aguirre 311, en el distrito de Miraflores. Ese acto cambió todo. No solo por la formalización, sino porque por primera vez la feria dejó de depender del camino.
El mercado pasó de ser ambulatorio a ser permanente. Ya no funcionaba solo dos días a la semana. Se convirtió en un centro de abasto continuo. El movimiento dejó de ser migración y se transformó en organización interna. Donde antes había viaje, ahora había pasadizos. Donde antes había mantas, ahora había puestos definidos.
Con el tiempo, la feria se estructuró en catorce secciones: Carnes, Pollos, Verduras, Papas, Frutas, Chichasaras, Golosinas, Varios, Calzados y Maletines, Ropas, Abarrotes, Abacerías, Tiendas Mayoristas y Comidas y Refrescos. Cada sección empezó a funcionar como un pequeño mundo dentro del mercado. Cada una con su propio ritmo, sus propios clientes, su propio sonido.
Hoy, la Feria del Altiplano reúne a más de mil comerciantes y genera alrededor de tres mil empleos. Es uno de los principales centros de abasto de la ciudad de Arequipa. Pero su importancia no se mide solo en cifras. Se mide en la forma en que logró transformar una historia de desplazamientos en una estructura estable. En la manera en que convirtió la movilidad en memoria.
Medio siglo después, ese recorrido se recuerda no como un pasado lejano, sino como una presencia que aún habita el mercado. Porque aunque hoy la feria tiene dirección fija, algo de su origen sigue filtrándose en su funcionamiento diario. En la forma en que se instalan los puestos al amanecer. En la rapidez con la que se descargan los productos. En la memoria de quienes aún recuerdan los años en que no había un lugar definitivo.
La conmemoración de sus 50 años, celebrada el 24 de junio, no fue un solo día. Fue una semana completa en la que el mercado se transformó. Concursos de adornamiento de pasadizos, actividades deportivas, presentaciones gastronómicas, espectáculos artísticos y una gran parada folclórica marcaron las Bodas de Oro de la asociación. Durante esos días, la feria dejó de ser solo un espacio de comercio para convertirse en un escenario de memoria colectiva.
Los pasadizos, normalmente ocupados por compradores, cajas y productos, fueron intervenidos con figuras hechas de cartón, telas y materiales reciclados. El concurso de adornamiento convirtió el mercado en una especie de galería popular. El reciclaje dejó de ser una obligación para transformarse en lenguaje creativo. Cada sección intentó narrarse a sí misma a través de colores, formas y símbolos.
El Pasaje 23 obtuvo el primer lugar con la propuesta “Ciudad Imperial del Cusco”, alcanzando el mayor puntaje del certamen. Otros corredores presentaron “Valles del Norte y Sur” o “Traje de Luces Diablada”, entre múltiples interpretaciones visuales que mezclaban identidad regional, tradición y comercio. La feria se observaba a sí misma desde dentro.
El 24 de junio, día central del aniversario, el mercado salió a la ciudad. Las catorce secciones participaron en una parada folclórica que recorrió calles de Arequipa desde la plaza Umachiri, pasando por la avenida Lima y la calle Elías Aguirre hasta llegar al frontis del centro comercial. La feria, por unas horas, volvió a moverse, pero esta vez no por necesidad, sino por celebración.
Cada sección presentó una danza distinta. Morenadas, diabladas, tinkus, caporales, wititis. Las bandas acompañaron el recorrido mientras cientos de personas observaban entre aplausos, comentarios y sillas alquiladas que bordeaban las calles. El comercio también estuvo presente en la fiesta, como una extensión natural del evento.
En la categoría de trajes de luces, la sección Chichasaras obtuvo el primer lugar con la danza Morenada, seguida por Comidas y Refrescos y Abacerías. En trajes autóctonos, Carnes alcanzó el primer puesto con Tinkus, seguida por Varios con Los Potolos y Papas con Wititi. Más allá de los resultados, el desfile fue una forma de recordar que la feria también es cultura.
Cuando la celebración terminó, el mercado volvió a su rutina. Los puestos se cerraron, las calles se vaciaron de música y el comercio retomó su ritmo habitual. Pero algo había cambiado en la percepción del lugar. Porque celebrar cincuenta años no es solo contar el tiempo, sino reconocer todo lo que fue necesario para llegar hasta aquí.
Hoy, la Feria del Altiplano parece estable. Tiene dirección, estructura y orden. Pero bajo esa superficie persiste otra historia: la de un mercado que aprendió primero a moverse antes de aprender a quedarse. Y que aún conserva, entre sus pasadizos, la memoria de todos los caminos que lo trajeron hasta este punto.